Dante abrió los ojos lentamente, sintiendo que el peso de la muerte se retiraba de sus hombros como una losa de hormigón. Lo primero que enfocó no fue la luz blanca de la clínica, sino el rostro de Elena, tan hermoso, pequeño y brillante como el sol. La niña se había subido a la cama, sentándose sobre sus piernas y sujetándole las mejillas con sus pequeñas manos calientes.
—Papi, ¿estás bien? ¿Puedes verme? —preguntó Elena. Su voz temblaba y tenía los ojos rojos de tanto llorar, pero seguía sie