Edmund y Gael la rodearon de inmediato, cada uno sosteniéndola, por un lado, como si temieran que Gala se desmoronara ahí mismo, frente a todos. El cuerpo de la joven temblaba sin control; su respiración era irregular, entrecortada, como si el aire ya no quisiera entrar en sus pulmones.—¡Cálmate, hija! —suplicó Edmund, apretándola contra su pecho, intentando protegerla de las miradas, del murmullo, de la vergüenza que se había vuelto insoportable.—¡Papá…! —sollozó Gala, con la voz rota—. ¡Zacarías… ¡Zacarías me dejó plantada!Las palabras resonaron en el salón como un disparo. El silencio que siguió fue pesado, incómodo, cruel. Todos la miraron. Nadie disimuló. Nadie apartó la vista.Gael, en cambio, no miró a Gala.Su atención se dirigió directamente a Romina. Sus ojos ardían de rabia, de desprecio, de una furia que había estado conteniendo durante demasiado tiempo. Luego giró el rostro hacia su esposo, esperando una reacción, una explicación, algo.—¿Qué es lo que pasa con el desgr
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