Agustín apretó los puños con rabia; no podía reclamar lo que creía suyo.Sabía que no tenía otra opción. No podía arriesgar su empresa, no ahora que el destino de su patrimonio estaba, de manera humillante, en manos de los Delmar.Cada fibra de su ser gritaba que se quedara y peleara, pero la lógica empresarial era fría: si se quedaba ahora, lo perdería todo.—Esto no es un adiós, Avana, recuerda que soy yo el padre de tu hijo, y al que amas —susurró para sí mismo, con la mirada cargada de un resentimiento oscuroDio media vuelta, subiendo a su coche sin mirar atrás. En su mente, una promesa de venganza comenzaba a germinar. Estaba absolutamente seguro de que, tarde o temprano, los Delmar pagarían por cada una de las humillaciones que le estaban haciendo pasar.Mientras tanto, a pocos kilómetros de allí, la realidad era opuesta. En la mansión de los Andrade Delmar, el ambiente seguía siendo de una felicidad absoluta.***Los meses avanzaron con una rapidez que asustaba y emocionaba a
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