Agustín permanecía de pie en la penumbra de la habitación, su figura recortada contra la escasa luz que se filtraba por la rendija de la puerta.
Sus ojos, cargados de una amargura que había cultivado durante meses, se posaron sobre Avana una última vez mientras ella dormía el sueño profundo del agotamiento.
El odio que sentía, ese veneno que lo consumía desde que ella decidió abandonarlo, se desbordó en su pecho como una marea incontenible.
No era solo despecho; era la furia de un hombre que no