El camarote estaba sumido en una penumbra cálida, apenas iluminada por el resplandor de la luna que se filtraba a través de los ventanales de seda.
Álvaro tomó a Avana por los hombros, sintiendo el leve temblor de su piel bajo sus dedos.
La giró lentamente hacia él, obligándola a encontrarse con su mirada, donde el deseo ardía con una pureza que la dejaba sin aliento. No hubo palabras; en ese nivel de entrega, el lenguaje humano resultaba insuficiente.
Se besaron.
Fue un beso que comenzó con la