Al salir del laboratorio, Agustín estaba hecho una furia. Su rostro reflejaba una mezcla de rabia e impotencia, y cada músculo de su cuerpo parecía tenso como si estuviera listo para estallar en cualquier momento. A su lado, su padre, Hernán, caminaba con pasos firmes, su mano posándose en el hombro de su hijo como si intentara transmitirle calma, pero su mirada era dura, fría y decidida.—¡Esa desgraciada! —exclamó Agustín, apretando los puños—. No cede con nada, ni un solo paso.Hernán suspiró, con una leve sonrisa que no alcanzaba a ocultar la intensidad de su resolución. Su voz era grave, profunda, cargada de autoridad y experiencia:—No dejaré que la niña se salga con la suya, y mucho menos que se quede con ese niño. Si es tu hijo, lo quiero. Incluso ambos serán herederos, pero no permitiré que otro hombre críe a mi único nieto varón.Agustín asintió, aún lleno de rabia, pero también reconociendo la lógica en las palabras de su padre.—Pero esto es difícil, padre —dijo con un hilo
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