El ambiente en la habitación del hospital estaba cargado de una paz que Avana jamás creyó posible.
Álvaro tomó al pequeño bebé y se acercó a la cama. Sus movimientos eran lentos, casi reverentes, como si sostuviera entre sus manos el tesoro más frágil de la creación.
Con mucho cuidado, puso al pequeño en los brazos de su madre.
Avana no pudo contenerse más.
En el momento en que sintió el peso ligero de su hijo contra su pecho, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin control.
No eran