Daniel salió de la habitación del quirófano con pasos lentos, cargando con una delicadeza extrema a su pequeña bebé envuelta en la manta rosa.
Su rostro, aunque cansado por la tensión de las últimas horas, irradiaba una luz que no podía ocultar.
En el pasillo, el silencio sepulcral de la espera se rompió en cuanto sus suegros, Zacarías y Elyna, junto a la abuela, la señora Lutton, se pusieron de pie de un salto al verlo aparecer.
Las miradas de los tres estaban fijas en el pequeño bulto que Dani