El silencio en la habitación de Marianne era tan espeso que podía cortarse con un suspiro.Frente al gran espejo, se observó. Llevaba el vestido de novia, pero sentía el peso de una cadena.Las maquilladoras habían hecho un trabajo impecable. Su piel lucía de porcelana, sus labios tenían el color exacto de una rosa en invierno y sus ojos estaban enmarcados por sombras que resaltaban su brillo natural. Sin embargo, no se sentía hermosa. No había ese resplandor eléctrico que se supone debe emanar de una novia en el día más importante de su vida. En su lugar, había una opacidad grisácea tras sus pupilas.—Esta lista, señorita Andrade —susurró una de las estilistas, dando un paso atrás para admirar su creación.Marianne no respondió. Se limitó a observar cómo el velo caía como una cascada de humo sobre sus hombros.Se puso de pie, sus movimientos eran mecánicos.Fue a ver sus gemelos, estaban con la niñera, ellos balbucearon al verla, ella los besó.—Mamá… vuelve pronto, pequeños, los
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