El primer rayo de sol de la mañana se filtró por las rendijas de la vieja cabaña, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire como partículas de un sueño roto.
Marianne abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de un brazo posesivo y cálido rodeando su cintura.
El contacto, que en otro tiempo habría sido su paraíso personal, hoy se sentía de arrepentimiento.
Estaban allí, tendidos sobre la gruesa alfombra de lana frente a la chimenea ahora apagada.
Marianne sintió una punzada aguda