El beso era un incendio forestal, una fuerza de la naturaleza que amenazaba con consumir la frialdad y el silencio que se habían interpuesto entre ellos.Daniel la estrechaba contra su pecho con una urgencia casi dolorosa, como si temiera que, al soltarla, ella se desvaneciera como el humo.Marianne, por un segundo que pareció una eternidad, se perdió en la calidez de su boca, en ese aroma a madera y lluvia que siempre había sido su hogar.Sus manos se hundieron en la chaqueta de él, aferrándose a la realidad de su presencia.Pero entonces, algo cambió.No fue la mente de Marianne la que reaccionó primero, sino su cuerpo.Una oleada de náuseas, fría y violenta, subió por su garganta, cortando el flujo de la pasión.El mareo la golpeó como un impacto físico. En un acto reflejo, nacido del malestar y el pánico, Marianne apoyó las palmas de sus manos en el pecho de Daniel y lo empujó con una fuerza que ninguno de los dos esperaba.—¡No! —gritó ella, con la voz quebrada.Daniel retrocedió
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