Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras las lágrimas, calientes y amargas, nublaban su visión.Marianne. El nombre era una oración y una herida al mismo tiempo.Volver a verla, sentir su aroma, y lo más importante: conocer a sus hijos. El pensamiento de los pequeños que compartían su sangre le provocó un vuelco en el pecho que casi le impide respirar.“No merezco esto, Dios, sé que no lo merezco”, pensó, cayendo de rodillas sobre la alfombra raída de su apartamento.“Fui un cobarde. No soy digno de su piedad, ni del amor puro de esos bebés... pero juro, por la vida que me queda, que daré cada gota de mi alma por hacerlos felices. Si me permites este milagro, no volveré a fallar”.Fue al espejo del pasillo y lo que vio lo dejó paralizado.El hombre que le devolvía la mirada era un extraño, un espectro de quien solía ser el exitoso Daniel Lutton.El alcohol había apagado el brillo de sus ojos, reemplazándolo por una red de venas rojas y ojeras profundas que parecían surcos de dolor.
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