Un murmullo recorrió las filas de sillas de terciopelo.
Las damas y caballeros de la alta sociedad se llevaron las manos enguantadas a la boca, ocultando expresiones que oscilaban entre el horror genuino y el deleite por la desgracia ajena.
Los flashes de los fotógrafos, que debían capturar un beso eterno, ahora buscaban desesperadamente el rostro desencajado del novio.
Agustín Miles sentía que las paredes invisibles de su mundo de privilegios se cerraban sobre él.
Su rostro, habitualmente una