El silencio en la habitación de Marianne era tan espeso que podía cortarse con un suspiro.
Frente al gran espejo, se observó. Llevaba el vestido de novia, pero sentía el peso de una cadena.
Las maquilladoras habían hecho un trabajo impecable.
Su piel lucía de porcelana, sus labios tenían el color exacto de una rosa en invierno y sus ojos estaban enmarcados por sombras que resaltaban su brillo natural.
Sin embargo, no se sentía hermosa. No había ese resplandor eléctrico que se supone debe emana