El motor del coche rugía como una bestia herida mientras Daniel devoraba los kilómetros de asfalto, alejándose de la ciudad.
Marianne, envuelta aún en metros de seda blanca y encaje, sentía que el corazón le iba a estallar.
La adrenalina del escándalo en el jardín apenas estaba siendo reemplazada por una furia incandescente dirigida al hombre que sostenía el volante.
—¡Daniel, detén este auto ahora mismo! —gritó ella, forcejeando con la manija de la puerta—. ¡Esto es un secuestro! ¡Déjame ir!
—¡