Al día siguiente, Álvaro llegó con Orson al hospital.La luz de la mañana entraba tenue por los ventanales y los pasillos olían a desinfectante, un aroma que siempre había resultado frío para Marianne, como si cada pared recordara la fragilidad de la vida.Cuando vio a su tío, apenas pudo esbozar una sonrisa, débil, temblorosa, pero había en ella un hilo de alivio.Álvaro, comprensivo, dejó que Marianne y Orson se quedaran a solas.Con cuidado, Orson se acercó a su sobrina y le tomó la mano. Su gesto era firme, protector, como si quisiera transmitirle con el contacto que, a pesar de todo, ella no estaba sola.—¿Ya lo sabes, tío? —preguntó con voz baja, cargada de ternura.Besó su frente, un acto sencillo que parecía contener toda su preocupación y amor.Marianne sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. No sabía si eran de miedo, de dolor o de alivio; quizás un poco de todo. Su voz tembló cuando respondió:—No quiero que se avergüencen de mí… de este… fracaso.Orson la miró con
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