Al día siguiente, Álvaro llegó con Orson al hospital.
La luz de la mañana entraba tenue por los ventanales y los pasillos olían a desinfectante, un aroma que siempre había resultado frío para Marianne, como si cada pared recordara la fragilidad de la vida.
Cuando vio a su tío, apenas pudo esbozar una sonrisa, débil, temblorosa, pero había en ella un hilo de alivio.
Álvaro, comprensivo, dejó que Marianne y Orson se quedaran a solas.
Con cuidado, Orson se acercó a su sobrina y le tomó la mano. Su