La mansión Lutton, antes un símbolo de prestigio y alegría, se sentía ahora como un mausoleo de mármol y sombras.
Daniel había sido dado de alta finalmente, pero su regreso a casa no fue el de un hombre victorioso que ha vencido a la muerte.
Estaba postrado en su cama, con el rostro pálido y los ojos hundidos, como si el alma se le hubiera escapado en el quirófano.
Su madre, la señora Lutton, se mantenía a su lado día y noche, siendo la única presencia que él toleraba en su santuario de amargura