El pitido final sonó como un disparo en la habitación.
Camely, con un gesto violento, lanzó el teléfono contra el suelo, viendo cómo la pantalla se astillaba en mil pedazos.
Al alzar la vista, se encontró con los ojos de Zacarías, su esposo.
Él permanecía de pie junto a la puerta, inmóvil.
En todos sus años de matrimonio, Zacarías nunca la había visto tan descontrolada, tan herida, tan llena de un odio justiciero.
Camely intentó mantener la compostura, pero la adrenalina de la pelea desapareció,