Daniel la miró como si no la reconociera, como si la mujer que tenía frente a él no fuera la misma a la que había prometido amor, protección y futuro.Sus ojos, antes cálidos y atentos, estaban ahora endurecidos, cubiertos por una rabia espesa, por una burla amarga que se clavó en el pecho de Marianne como una astilla imposible de arrancar.En esa mirada no había duda, ni confusión, ni siquiera dolor compartido. Solo desprecio. Solo juicio.No quedaba rastro del hombre que decía amarla. En su lugar había un extraño, uno que parecía disfrutar verla rota.Rachel, aún sostenida por las muletas, se giró lentamente.Cada movimiento era pausado, casi teatral, como si supiera que todos los ojos estaban puestos en ella.Alzó el rostro y sonrió. Era una sonrisa suave, casi dulce, la clase de sonrisa que engaña, que se presenta como inocente, pero que escondía un veneno silencioso brillando en sus pupilas.Marianne lo percibió de inmediato. Ese gesto no era de alivio ni de tristeza, era de triun
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