Un mes después, Marianne se encontraba en el hospital de nuevo. La llevaban en una silla de ruedas; todavía no le permitían caminar sola.
Cada pequeño movimiento le provocaba un temblor de miedo, y la sensación de fragilidad la envolvía por completo.
A su lado estaba su tía Jenny, firme y protectora, apretando su mano con suavidad y murmurando palabras de calma que Marianne apenas podía oír sobre el murmullo de la sala.
Afuera, en la recepción, Álvaro esperaba pacientemente, mirando de vez en cu