—¡¿Qué haces aquí?! —exclamó Marianne, su voz apenas un hilo que traicionaba el miedo que le recorría todo el cuerpo.
Su corazón comenzó a latir con violencia, como si quisiera salir de su pecho. No esperaba verla. No allí, no ahora.
Y, sin embargo, Rachel estaba frente a ella, intacta, erguida, con esa mirada que Marianne conocía demasiado bien: una sonrisa fría, afilada, como si cada gesto estuviera calculado para herirla.
La misma sonrisa que tantas veces la había hecho temblar desde dentro,