Marianne miró a Daniel a los ojos, y por un segundo, la intensidad de su rabia fue tan pura que él retrocedió un paso, aunque sus facciones permanecieron endurecidas como el mármol.
Ella pensó en sus hijos, en esas pequeñas vidas que apenas comenzaban a florecer en su vientre, y sintió que el pecho le ardía.
Sus ojos estaban anegados de lágrimas, un océano de sal y dolor que luchaba por no desbordarse; no quería darle el placer de verla quebrada una vez más.
—Esta es la última vez que te diré qu