Rachel lanzó un grito agudo, desgarrado, como si el golpe no solo le hubiera quemado la piel, sino también el orgullo. Se llevó la mano al rostro enrojecido, palpándolo con cuidado, mientras sus ojos se clavaban en Marianne con una rabia casi enfermiza.Su respiración era agitada, irregular, y su cuerpo entero temblaba, no de dolor físico, sino de humillación.—¡Perra! —escupió—. ¡Vas a pagar por esto!Marianne no retrocedió. No alzó la voz ni mostró miedo. La miró con una calma que, lejos de apagar la furia de Rachel, la encendió aún más.—Haz lo que quieras —respondió con frialdad—, pero ahora lárgate de mi casa.Luego giró el rostro y alzó la voz, llamando con firmeza:—¡Pilar! ¡Pilar, ven ahora!Rachel apretó los puños, los labios tensos, como si quisiera lanzar otra amenaza, otro insulto que pudiera devolverle algo del poder que sentía haber perdido.Pero las palabras no salieron. Solo quedó ese odio crudo, hirviendo bajo la piel.Pilar entró apresurada y se detuvo en seco al ver
Leer más