Rachel lanzó un grito agudo, desgarrado, como si el golpe no solo le hubiera quemado la piel, sino también el orgullo. Se llevó la mano al rostro enrojecido, palpándolo con cuidado, mientras sus ojos se clavaban en Marianne con una rabia casi enfermiza.
Su respiración era agitada, irregular, y su cuerpo entero temblaba, no de dolor físico, sino de humillación.
—¡Perra! —escupió—. ¡Vas a pagar por esto!
Marianne no retrocedió. No alzó la voz ni mostró miedo. La miró con una calma que, lejos de ap