—Marianne, sé que fuimos injustos contigo… —dijo la señora Lutton, con un tono que combinaba arrepentimiento y urgencia.
Marianne la miró con seriedad. Las palabras le llegaron, pero no podía perder tiempo en culpas.
Tenía una responsabilidad inmediata: la obra debía continuar.
—Lo haré —respondió firme—. Soy suplente después de todo. Vamos a sacar la obra adelante. Haré mi mejor esfuerzo.
La señora Lutton sonrió y, sin dudarlo, la abrazó con fuerza. Había un alivio en el gesto, como si hubiera