Marianne, mientras tanto, ensayaba a marchas forzadas. Cada día comenzaba antes del amanecer y terminaba cuando el cuerpo ya no le respondía, pero aun así insistía.
Necesitaba estar lista.
No podía permitirse fallar. Aquella oportunidad era demasiado importante, no solo para su carrera, sino para su vida entera.
Ser Giselle no era simplemente interpretar un papel: era cumplir un sueño que había guardado desde la infancia, uno que durante años creyó inalcanzable.
En la sala de ensayo, repetía cad