Daniel estaba fuera de sí. Su ira no se limitaba solo a lo que acababa de ocurrir; se extendía incluso a su propia madre, a quien siempre había respetado y escuchado.La incredulidad, la indignación y la rabia se mezclaban en su rostro, en sus movimientos bruscos y en la forma en que apretaba los puños, como si intentara contener un terremoto interno.—¡No voy a permitirlo, madre! —explotó, con la voz vibrando de furia—. ¡No puedes hacer esto a Marianne! ¡Ella jamás se drogaría! Esto es una vil trampa, y voy a demostrarlo.Su madre lo observó con un gesto serio, casi distante, como si el mundo le pesara demasiado.Sus ojos tenían una frialdad que Daniel no estaba acostumbrado a ver, y eso solo aumentó su frustración.—Daniel… —dijo ella con voz calmada, pero firme—, lo siento. Pero el dopaje no miente.Daniel retrocedió un paso, sintiendo que el aire se le escapaba, como si esa frase hubiera sido un golpe físico.Su corazón latía desbocado, y sin decir nada más, giró sobre sus talones
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