Más tarde ese mismo día, Marianne y Daniel visitaron a la señora Lutton.
El trayecto hasta su casa estuvo cargado de una emoción silenciosa, de esas que se sienten en el pecho y hacen que el aire parezca distinto. Marianne llevaba las manos entrelazadas sobre su regazo, intentando ordenar sus pensamientos, mientras Daniel conducía con una leve sonrisa nerviosa, consciente de que aquel encuentro marcaría un antes y un después.
La señora Lutton los recibió con la calidez de siempre.
Su casa olía