Al día siguiente, Marianne despertó con una extraña mezcla de calma y expectación. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo, escuchando el sonido lejano de la ciudad que comenzaba a moverse.
La temporada había terminado, y por primera vez en meses no tenía que correr contra el reloj, no había ensayos interminables ni coreografías que repetir hasta que el cuerpo doliera.
El silencio del departamento se sentía casi antinatural, como si su vida hubiese reducido la velocidad de