Rachel esperaba.
La espera se le volvía insoportable, casi cruel. Cada minuto se estiraba como una herida que no cerraba, palpitante, recordándole todo lo que había perdido. Desde el accidente, había aprendido a convivir con el dolor físico, pero esa noche era distinto. El miedo, un miedo silencioso y humillante, comenzó a filtrarse entre la rabia que tanto se había esforzado en sostener.
Temió que él no viniera.
Temió haberlo llamado en vano. Y haberse rebajado… para no obtener nada a cambio.
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