La cicatriz de Gael, ese pequeño y pálido recordatorio en su piel, ahora vivía bajo mis costillas. La sentía cada vez que respiraba, un peso frío y revelador. Toda mi historia con Damian, el amor que crecí a regañadientes, la deuda que me ató a él… todo se había construido sobre el heroísmo de un fantasma. Un fantasma que tenía el rostro de Gael.Nos habíamos movido a la cocina, como por la necesitad de estar en un espacio diferente. Él preparaba café en la máquina. Yo estaba sentada en un taburete, observando sus movimientos precisos, intentando reajustar mi memoria.—¿Por qué estabas ahí? —pregunté al fin, rompiendo el sonido de la cafetera—. Esa noche. En ese callejón de todos los lugares.Gael no se dio la vuelta de inmediato. Vertió el café en dos tazas negras, impecables, y puso una frente a mí antes de tomar la suya.—Como ya te dije, no fue casualidad —dijo, apoyándose contra la encimera frente a mí. Su expresión era la del estratega otra vez, pero sin la frialdad de antes. Ah
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