(Narrado por Valeria)
Tener a Sebastián Locke como guardaespaldas era como tener un león encerrado dentro de una habitación. Elegante, caro, y con la clara capacidad de destrozarte si se aburría lo suficiente. Gael le dió órdenes de protegerme después de saber que Aldrick quería mi cabeza en bandeja de plata.
Llevaba tres días viviendo en su apartamento—más bien un “espacio minimalista con vista a la muerte por aburrimiento”—y ya quería prenderle fuego a sus almohadas de pluma de ganso. Todo estaba en orden. Los libros, por color. La comida, por grupos alimenticios. El hombre, por nivel de irritación que me provocaba: máximo.
—¿No tienes clientes? —le pregunté esa mañana, viéndolo revisar unos documentos en la mesa del comedor como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos.
—Tengo uno —respondió sin levantar la vista—. Usted. Y es el más agotador de mi carrera.
—Encantada de ser un desafío —dije, acercándome y cogiendo una manzana del frutero impecable—. ¿Y? ¿Qué hemos descifrado