El hospital olía a desinfectante, ese olor tan característico. Desde que llegamos, Gael no se movió de mi lado. Ni cuando me cosieron los cortes en la pierna —siete puntos que sentí como veinte—, ni cuando me vendaron el tobillo, ya hinchado y morado como una fruta pasada. Él también tenía heridas. Un corte profundo en el brazo que requirió puntos, y moretones por todo el torso que el médico palpó con mirada preocupada. Pero Gael apenas parpadeó. Su atención estaba en mí —Reposo absoluto una semana —dijo la doctora, escribiendo en su tablilla—. Y usted, señor Hendrix, debería quedarse quieto también. Esa contusión en las costillas…—Estoy bien —cortó Gael, su voz un ronquido bajo.La doctora lo miró por encima de los lentes, como si se diera lo inútil que sería discutir, y se fue.El silencio que dejó era espeso. Nos mirábamos, los dos sentados en camillas separadas, vestidos con batas de papel que crujían con cada movimiento. Dos supervivientes, medio destrozados, en una habitación
Leer más