La calma después de conseguir el testimonio de Jacinto duró menos de veinticuatro horas. Fue una calma tensa, cargada, como la quietud antes de un huracán. Nos quedamos en el departamento de Sebastián, todos encerrados en esa burbuja de seguridad relativa, mirándonos como si esperáramos que las paredes empezaran a hablar.
Gael estaba callado, pensativo. Yo lo veía mirar el teléfono, los mensajes de sus contactos, las noticias donde el apellido Hendrix empezaba a tambalearse como un barco en un