En el campo de batalla, el humo rojo se deslizaba entre las casas como un depredador satisfecho, envolviendo cuerpos, apagando voluntades, convirtiendo guerreros en acólitos sin alma.Jarrión avanzaba al frente, con los ojos teñidos de carmesí, guiado por una furia que no era suya.A su lado, Ronan —o lo que quedaba de él— caminaba con la postura rígida de un cadáver animado.El Quebrantador lo poseía por completo.Los habitantes que aún resistían gritaban, pero el humo rojo los alcanzaba, los envolvía, los quebraba.Uno a uno, caían de rodillas, con los ojos vacíos.Jarrión levantó la mano, ordenando avanzar.—A Luna Alta —gruñó, con una voz que no era del todo suya—.Que todos se arrodillen ante el Quebrantador.Pero entonces ocurrió.Un dolor desgarrador atravesó el aire.No un sonido.No un temblor.Un tirón, como si algo arrancara el alma del humo rojo, mientras que la cadena roja, contenida en el cuerpo de Ronan, lo hacía retorcerse de forma inhumana.Los acólitos cayeron al sue
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