El sabor del beso aún ardía con una intensidad abrasadora en mis labios, marcando un antes y un después definitivo en el aire denso de la sala. No había sido, ni de cerca, el roce frío, calculado y distante de la fachada que nos habíamos esmerado en construir durante tantos meses de desconfianza recíproca. Había sido una declaración de guerra absoluta, irrevocable, sellada con el fuego del reclamo místico ante los ojos de todo mi consejo. Delante de los Betas más veteranos, de los Gammas curtidos en mil batallas y de los generales de la guardia fronteriza, había tomado finalmente a mi Luna, derribando cualquier rastro de la antigua mentira que nos envolvía. El acto en sí mismo poseía una carga política innegable, un movimiento maestro de ajedrez para unificar el territorio, sí, pero la oleada salvaje e indómita que corrió en ese instante exacto por las venas del Vínculo fue de una posesividad elemental, visceral y arcaica que me quemó los huesos y la cordura hasta los cimientos más pr
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