La llegada de nuestro segundo hijo no fue, bajo ninguna circunstancia, una irrupción caótica en nuestra realidad; fue una transición suave, orgánica y perfecta, como el paso pausado de una estación a otra. A diferencia del parto de Kael, que estuvo trágicamente marcado por la asfixiante tensión médica, el aislamiento y el recuerdo fresco de la guerra del Norte, este proceso se transformó desde el primer segundo en un ritual de pura celebración, luz y Vínculo sagrado.Me desperté en mitad de la noche. No lo hice sobresaltada por el dolor punzante de una contracción, sino arropada por una profunda y magnética oleada de energía que recorrió mi espina dorsal. Xavier se despertó exactamente al mismo tiempo, como si nuestros cuerpos compartieran el mismo pulso biológico. Sus imponentes ojos dorados se encontraron con los míos en la penumbra de la habitación, pero esta vez no hallé en ellos el menor rastro de pánico o de alerta militar. Nuestro Vínculo triádico se manifestaba como un río tra
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