El aire denso de las tierras del Norte olía de forma penetrante a tierra quemada, ceniza flotante y a un miedo animal e irreversible. Sin embargo, aquel hedor a derrota no provenía en absoluto de mis Betas —la furia ciega y el deseo de venganza por la deshonra infligida a su Luna los había vuelto guerreros completamente invencibles en el campo de batalla—, sino que emanaba de los rangos sumamente diezmados de la Manada Piedra Negra, cuyos lobos ya comenzaban a saborear el colapso definitivo e i