El despertar no fue en absoluto un proceso gradual o difuminado por la modorra de la mañana. Fue, por el contrario, una toma de conciencia inmediata, nítida e increíblemente intensa del peso abrumador y del calor sofocante que se presionaba justo a mi espalda. No era la caricia familiar de la manta de lana gruesa. No era la superficie fría de la pared de piedra de la suite. Era él, con toda su monumental presencia biológica, ocupando el espacio que yo había considerado mi único refugio.Abrí los ojos de golpe en medio de la penumbra del amanecer, y un pánico ciego, instintivo, me hizo contener la respiración de forma súbita, congelando cada uno de mis músculos. Estaba completamente acostada en la cama principal de mi suite privada, y justo a mi lado, de una manera tan rígida como poderosa, sumido todavía en un sueño profundo y pesado, se encontraba Xavier. El aroma característico de su loba, esa mezcla penetrante a pino silvestre y nieve pura de las altas cumbres, era algo del todo ab
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