La puerta de la clínica se abrió, y el aroma a pino y tierra mojada llenó la habitación antes de que él apareciera.Theo entró con pasos firmes, la expresión pétrea.—Hola, Greta. —Su voz sonaba fría, distante—. ¿Cómo te sientes?Ella levantó la barbilla.—Bien. Ya estoy recuperada.—Qué bueno. Vine por ti —respondió él, sin un atisbo de emoción.Greta frunció el ceño.—No era necesario.—Sí lo es. —Theo tomó su bolso sin pedir permiso, se lo colgó al hombro y giró hacia la puerta—. Se supone que eres mi Luna.La frase fue cortante, casi hiriente.Bark se agitó en su mente, inquieto.—Está enojado. Pregúntale cómo está, Greta. Pregúntale qué pasa.—No —respondió ella internamente—. No pienso preguntarle nada. Si está enojado, es problema suyo. No me importa.—Por favor, Greta, solo pregunta…—No, Bark.Y no dijo más.En el vehículo, el silencio era tan espeso que parecía tragarse el aire.Ni Theo hablaba.Ni Greta lo haría primero.El camino se volvió eterno.Cuando llegaron a la casa
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