GRACIASTodavía estoy adormilada, prisionera de un sueño agitado, cuando un ruido discreto me saca de los limbos. Una puerta que se cierra con cuidado, un paso medido en el pasillo. Abro apenas los ojos, el corazón pesado, el cuerpo entumecido. La luz de la mañana filtra a través de las cortinas, suave, lechosa, y creo seguir soñando cuando su silueta se dibuja en el umbral.Ezran, se acerca sin una palabra, como si temiera perturbar la frágil paz de la habitación. Su andar es lento, contenido, pero siento que a cada paso lucha contra un impulso más brusco, más ardiente. Me incorporo a medias, confusa, con el cabello deshecho, la piel aún caliente por las imágenes de la noche.EZRANElla está allí, tendida en sus sábanas arrugadas, la piel pálida ofrecida a la luz de la mañana. Su cabello esparcido sobre la almohada me parece una trampa, un llamado mudo. Mi aliento se corta. No debería estar aquí. Debería dar la vuelta. Y, sin embargo, me acerco, como un hombre que se lanza al borde d
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