EZRAN
Las horas se estiran como cadenas. El tic-tac del reloj ya no es un sonido: es una tortura. Cada segundo que cae es una cuchilla que se hunde un poco más. Estoy de pie. Imposible sentarme. Mis piernas tiemblan, pero me niego a ceder. Ardo por entrar, por romper esta puerta, por unirme a ella, pero me han dejado aquí, prisionero de la espera.
El aire del pasillo tiene el sabor frío del cemento y del alcohol antiséptico. Los neones zumban sobre mi cabeza como una promesa traicionada. Pasos