LIDIAMe deslizo hasta una silla y me desplomo en ella como una muñeca de trapo a la que le han cortado los hilos. Mis dedos tiemblan alrededor de un pañuelo, que arrugo sin pensar. Quisiera levantarme e ir a la habitación, acercarme a Gracias, tomar su mano, sentir su pulso. Pero algo me detiene: el miedo a ser una intrusa en esta fragilidad, el miedo a ver la mirada de los médicos, los tubos, la línea intravenosa.Pienso en cómo la vida a veces se construye en gestos minúsculos, pequeños rituales cotidianos, y ahora todo eso está consumido. Pienso en ese vientre que no se desarrollará, en los nombres no elegidos, en los proyectos que quedaron en suspenso. Imágenes banales comienzan a pesar como piedras: un cochecito, un nombre en una lista, una habitación pintada de amarillo. Todas son fantasmas que se retiran, borradas de un golpe.Miro a Ezran. Su columna erguida, su mandíbula apretada. No llora. No grita. Pero veo la tormenta en sus ojos. Y comprendo, más fluida que el dolor, que
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