INÈSLa sala solo tiene la luz de la televisión. Las imágenes de Ezran llenan la pantalla: su silueta erguida, sus ojos ardientes, su voz que corta el frío de la mañana como una espada. Los periodistas repiten sus palabras, los destellos estallan, la multitud guarda silencio bajo su juramento.Y yo... miro, inmóvil, luego sonrío. No es una sonrisa suave, no es una sonrisa ligera, es una sonrisa cortante, que se alimenta de este caos.Ezran habla de dolor, de justicia, de venganza. Cada sílaba lleva el peso de un hombre al que le han arrancado el futuro. Y todo este tiempo, él ignora. Ignora que la sombra que maldice, la sombra que promete cazar, soy yo.Una risa breve, ahogada, se me escapa. La cubro con una mano, como una niña atrapada en falta. Pero es demasiado tarde: la verdad se derrama en mí como un veneno placentero.— Pobre Gracias... murmuro en voz baja.Avanzo, subo el volumen. La imagen tiembla levemente en la pantalla: Ezran baja las escaleras, las cámaras lo acosan, sus p
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