GRACIAS
Me despierto suavemente, los rayos de la mañana filtrándose a través de las cortinas. El recuerdo de la mañana me atraviesa la mente: Ezran, sus labios en mi mejilla, ese roce que me ha consumido. Sacudo la cabeza, intento ahuyentar esa tensión aún palpable, y decido comenzar mi día. Una ducha rápida, un poco de té, y la calma frágil de un desayuno en la terraza.
Al ponerme mi vestido ligero, siento la brisa matutina acariciar mi piel. Todo parece pacífico, la casa silenciosa, la sirvienta ausente después de haber dejado una nota: «He ido a hacer algunas compras, volveré pronto.» Una ligera sonrisa me atraviesa: el día promete ser dulce.
Me instalo en la terraza, la bandeja del desayuno frente a mí. El canto de los pájaros acompaña el tintineo de los cubiertos, y respiro profundamente, saboreando este momento de tranquilidad robado a la frenética vida.
Y de repente… un movimiento, demasiado rápido para ser una casualidad. Frunzo el ceño. Tres siluetas aparecen en el camino, in