EZRAN
Cierro la puerta del coche con un golpe seco. El conductor me lanza una mirada inquieta por el retrovisor, pero aparto los ojos, concentrado en la calle que pasa. Cada farola, cada adoquin me parece frío, mecánico, insignificante. Sin embargo, detrás de esta calma aparente, mis pensamientos hierven en la habitación que he dejado, su cuerpo dormido, el roce de sus labios en mi mejilla.
Desecho la imagen. No puedo detenerme en ella. Aquí, soy el amo. Aquí, debo volver a ser el frío Ezran, aquel a quien nadie se atreve a perturbar.
La empresa se alza ante mí, estricta, imponente. No hay lugar para el caos íntimo. Bajo, subo las escaleras de dos en dos, el paso firme, cada movimiento un recordatorio de mi autoridad.
La secretaria me intercepta apenas he cruzado el umbral.
— Señor Ezran… alguien le espera en su oficina.
Un alto abrupto. Mis mandíbulas se aprietan. El aire se vuelve de repente más denso.
— ¿A esta hora? ¿Quién se permite eso?
Ella titubea, baja los ojos, consciente de