CAPÍTULO 115 — La frontera invisible Parte I Esa mañana, Colonia tenía ese aire engañoso de calma que a Lourdes siempre le parecía una burla: el cielo azul, la brisa del río y los turistas caminando con helados en la mano, como si el mundo no pudiera guardar tragedias dentro de sobres blancos. Pero el sobre seguía ahí. Dobladito dentro de su cartera, pesado como una piedra. Había pasado la noche sin poder descansar. No era miedo, sino esa sensación asfixiante de encontrarse en un país que no era el suyo, con un secreto que ya había dejado de serlo y con el cuerpo recordándole, cada vez que respiraba, que ahora no estaba sola. Aun así, se obligó a levantarse y desayunar. Frente al espejo, se acomodó el cabello con movimientos cuidadosos, tratando de ordenar por fuera todo lo que llevaba revuelto por dentro. —No te alteres —se dijo, enfrentando su propio reflejo—. No con él… y mucho menos acá. Apoyó la palma abierta sobre el vientre. El bebé respondió con un movimiento leve, ape
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