CAPÍTULO 124 — Lo que nunca supimos decir Guillermo había aprendido a reconocer el instante exacto en que una sesión dejaba de ser un trámite para convertirse en un campo minado. No era por un gesto ni porque alguien levantara la voz, sino por algo mucho más sutil: la respiración de uno de los pacientes cambiaba de ritmo, una mirada por fin encontraba a quién decirle sus verdades, o una frase empezaba a empujar desde el pecho después de haber sido retenida durante demasiado tiempo. Aunque, a veces, las verdades de uno eran las mentiras del otro, o viceversa. Fue entonces cuando Lourdes giró el rostro hacia Martín. La distancia entre ellos se notaba. No era solo física; era histórica. Estaba construida con falta de comunicación y demasiados silencios, con decisiones tomadas a espaldas del otro y con expectativas que jamás se pusieron en palabras y que, sin embargo, terminaron gobernándo todo. Guillermo permanecía sentado en su lugar, detrás del escritorio, con los codos apenas apoy
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