CAPÍTULO 120 — La sala donde se quiebra un hombre
Lourdes había llegado a la sala de audiencias media hora antes. Estaba casi vacía.
Había entrado temprano, con paso firme, acompañada por su abogada, que iba solo por una cuestión de burocracia, porque ella había preparado todo para defenderse. Llevaba una carpeta gruesa contra el pecho y caminaba recta. Ya había tomado una decisión y no pensaba retroceder. Su embarazo de seis meses se marcaba bajo el saco claro, visible e imposible de ignorar,