CAPÍTULO — El cruce inesperado
Martín llevaba casi dos meses trabajando en el supermercado de Colonia.
No había aceptado aquel puesto como un gesto simbólico ni como una penitencia. Era trabajo real, con horarios largos, responsabilidades claras, cuentas que cerrar, proveedores que atender y empleados que empezaban a confiar otra vez en él.
Había vuelto a hacer las cosas bien, sin atajos, sin utilizar el apellido que antes lo había protegido y sin esperar que nadie le reconociera el esfuerzo.